Lluís Bofill, periodista: “En el Potala hay ahora más militares que monjes”

Viajó el pasado julio al Tíbet, convirtiéndose en uno de los primeros occidentales en romper el bloqueo impuesto por China.

–¿Cómo es el Tibet que usted ha visto?
–Es un país precioso, con fabulosos paisajes de montaña, con unas gentes encantadoras y unos monasterios que respiran devoción y misticismo, pero, por desgracia, se nota la represión.

–¿Cómo llegó hasta allí?
–Mi idea era volar a Lasa desde Nepal, pero en mayo ya se veía muy difícil, y en junio también. El 6 de julio llegué a Nepal con mucha ilusión, pero con pocas posibilidades.

–Pero finalmente consiguió que le dejaran entrar.
–El visado para China es fácil, pero lo complicado es obtener el permiso para ir al Tíbet. En Nepal, a base de insistir, un día nos dijeron: “Mañana traed el pasaporte y dos fotografías”. Fue básica la ayuda de la agencia Temps d’Oci. Junto con una amiga, Patricia, fuimos los primeros, el pasado 19 de julio, en romper el bloqueo administrativo después de cuatro meses, superados los incidentes de marzo.

–¿Les pusieron condiciones?
–Nos advirtieron de que teníamos que seguir a rajatabla un circuito marcado por ellos. Hasta entonces, solo autorizaban a turistas procedentes de Pekín.

–¿Cómo fue la llegada a Lasa?
–Llegamos con una alegría contenida tras una hora de vuelo. El avión hacía escala en Lasa y proseguía después el vuelo hacia una ciudad de China. Únicamente tres personas bajamos en Lasa: nosotros dos y una cooperante holandesa que regresaba después de haber sido expulsada. La imagen que recuerdo es la del gran aeropuerto de Lasa con una cinta móvil en la que solo salieron dos maletas.

–¿Fue fácil pasar el control de pasaportes?
–El aduanero no entendía cómo habíamos conseguido el permiso. Acudieron hasta cuatro militares para mirarlo, pero al final nos dejaron pasar. Nos asignaron una guía tibetana que llevaba cuatro meses sin trabajar.

–¿Se podían mover libremente?
–El primer día la guía nos advirtió de que habían distribuido nuestro número de pasaporte y marcado el itinerario día a día. Si nos desviábamos, tendríamos problemas.

–¿Cómo está el ambiente en la capital este verano de Juegos Olímpicos en Pekín?
–Me recordaba las imágenes de países militarizados de la ex-Unión Soviética. Ahora no hay turistas en el Tíbet, pero sí muchos peregrinos. En medio de un mercado pasaban en formación una veintena de militares, a veces vestidos con uniformes de antidisturbios.

–¿Tuvo algún incidente?
–Fotografié a unos militares, y al cabo de un momento ya se presentó ante mí un grupo de policías a revisarme la cámara. Tuve que borrar las fotografías. La ciudad de Lasa está plagada de secretas.

–¿Quedan restos de la represión?
–Se ven algunas tiendas quemadas. Allí, la represión es tanto cultural como económica. El idioma tibetano tiene menos de un 10% de presencia que el chino, y la bandera del país está prohibida. El Tíbet está lleno de comercios y restaurantes chinos.

–¿Se oye hablar de la revuelta de marzo?
–Un día hablé con un amigo de uno de los muchos desaparecidos que, según Amnistía Internacional, ha habido desde el pasado marzo. Pero es difícil: muy poca gente está dispuesta a hablar.

–¿Visitó el Potala?
–Es el palacio emblema del Tíbet, una maravilla. Antes había monjes, pero ahora hay más militares que monjes. Te dicen: “Son bomberos, por si hay fuego”. Y cuando preguntas si hay incendios a menudo, te responden: “Mejor no preguntes”.

–¿Qué ambiente se vive en los monasterios?
–En el de Tashilompo te advierten de que no hagas según qué comentarios, ya que hay monjes chinos que comprenden el inglés y se chivarán si lo haces. En Ladaj, Mongolia y la India yo había visto fotos del dalái lama y del panchen lama, pero en el Tíbet están prohibidas.

–¿Hay muchos turistas occidentales?
–En 10 días solo vi un grupo de unos 20 que habían venido de Pekín.

–¿Cómo transcurrió el regreso por carretera?
–Fue una aventura no prevista: unos 1.000 kilómetros por una carretera difícil, en algunos momentos cortada por derrumbes. Teníamos que ir campo a través. Pasamos al pie del Himalaya por un paso a 5.248 metros que forma parte de la Carretera de la Amistad. La parte más dura fue hasta la frontera de Nepal. Al llegar allí tuvimos que pasar a pie, caminando por el barro. Los aduaneros nos revisaron a fondo. Al otro lado, por suerte, nos esperaba un 4 x 4 que nos llevaría a Katmandú.

Fuente: El periodico

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