“Significar algo para alguien es una necesidad básica”

María Jesús Orbegozo, filósofa, psicóloga y escritora
Nací en Zumarraga en 1945 y vivo en Madrid. Licenciada en Filosofía y en Psicología Clínica. Fui catedrática de Lengua y Literatura y profesora de Psicología Clínica en la Universidad de Boston. Hace 40 años que vivo en pareja y tengo dos hijas. Soy socialdemócrata y agnóstica

¿Una revolucionaria de casa bien?

Pese a que mi familia era de las más destacadas del pueblo y una de las importantes de la industria vasca, gente de derechas, siempre les he visto dispensar un trato idéntico a todas las personas. Tenían la idea de la igualdad cristiana.

¿Y?

Pasar de esa igualdad a la de todos los hombres no distaba mucho. El estudio de la filosofía me condujo al agnosticismo y me abrió a muchos problemas de índole social y política. Me apunté a la organización antifranquista y a la cuarta internacional trotskista.

¿Tuvo que exiliarse?

Sí, mi hermana y yo tuvimos que huir.

¿Y sus padres?

Se llevaron un susto tremendo pero siempre nos ayudaron. El mayor miedo de mi madre era que no nos dejaran abandonar el partido o que me pudriera en la cárcel.

¿Cómo le sentó la obediencia al partido?

Lo más terrible es que no existía ni un solo momento de independencia, de soledad, todo tu día estaba programado y siempre con compañeros.

¿Cuál era su tarea?

Al principio leer las revistas del PC chino y sacar de allí lo que pareciera que indicara una revolución en el interior del partido, es decir: buscar una línea trotskista.

¿Comulgaba con todas las ideas?

Yo valoraba las ideas de Trotski, una mente muy brillante, pero aquella cuarta internacional se desviaba, tenían ideas absurdas sobre la inevitable guerra atómica. Había jóvenes de todas partes (libios, iraníes, latinoamericanos, europeos), gente interesante, pero en toda reunión debías comenzar diciendo: “Estoy de acuerdo con el informe del camarada”. No se podía opinar diferente.

Se asfixiaba.

Sí, y por otro lado había un puritanismo sexual terrible. No te podías enamorar de nadie que no fuera de la cuarta, ni siquiera de comunistas ni socialistas. El control era absoluto, tanto en el campo político como en el personal y privado.

¿Todos los totalitarismos son iguales?

Sí, y desde entonces detecto enseguida cualquier totalitarismo. Cuando apareció ETA muchos demócratas creyeron que podía ser un factor de liberación en la lucha contra el franquismo, yo tuve claro que no.

¿Cómo fue su exilio romano?

Me mandaban con los boletines del partido a pedir colaboración a los intelectuales. Así conocí a Simone de Beauvoir y Sartre. Ella, muy abierta y simpática, colaboró. Y a Visconti, cuyo mayordomo era español: “Este no te va a dar nada”… Efectivamente.

¿Algún otro encuentro?

Mientras estaba en Roma ocurrió la revolución en Libia. Dos compañeros libios me contaron que gracias a esa revolución por primera vez su madre se sentó a la mesa a comer con el padre y los hijos. “Ya que estamos de revolución, me siento”, dijo.

La emocionó.

Sí, y me mandaron a hablar con el embajador de Libia. Llegué, le solté el rollo de las revoluciones de los pueblos, él me escuchó muy serio. Cuando terminé me dijo: “¿Quedamos esta noche a cenar y a bailar?”.

Abandonó el partido, ¿a qué precio?

Caí en una depresión, se me habían derrumbado todas las ideas en las que había vivido. Volví a España y a los pocos meses me detuvieron. Estuve en Carabanchel, era la única presa política, y allí conocí otra sociedad.

¿Gente de mala vida?

Prostitutas, salvo algunas ladronas. Mujeres muy primitivas que no se sabían apenas expresar. Preferían que las detuvieran (“así – me decía una-,como y duermo durante una semana y no tengo que trabajar”).

Debía de ser usted un extraterrestre.

Una me preguntó: “¿Y tú por qué estas?”. “Por política”. “¿Y eso qué es?”. “Pues esos que corren delante de los grises”, le aclaró otra. De casa me mandaban comida. Había una chica embarazada muy jovencita y yo le llevaba todos los días fruta, y también lo repartía con las compañeras de comedor.

¿La adoraban?

Me decían: “Qué raras sois las políticas, qué raro eso de repartir”, sus condiciones de vida eran de mera supervivencia y sus valores morales estaban poco desarrollados.

¿Se retiró de la política?

Cuando salí estudié otra carrera y me fui a vivir con mi pareja, un amor fulminante para toda la vida, pero nunca nos hemos casado, la relación se construye día a día. Sigo siendo feminista y luchando por la igualdad, pero no he vuelto a acercarme a los políticos.

Hasta 1982.

Sí, cuando secuestraron a mi padre, que cumplió 70 años durante aquellos 47 días de espanto. Conocimos cosas y personas muy terribles en las negociaciones, pero no quiero hablar de ello hasta que ETA muera.

Los sindicatos estaban de su lado.

Sí, fue el primer secuestro en el que los obreros se manifestaron pidiendo la liberación. Al final, la Guardia Civil, cuando estaban las negociaciones rotas, lo liberó.

¿Qué ha aprendido?

El amor es la mayor fuerza de la vida, todo ser humano necesita significar algo para alguien, esa me parece una necesidad básica del ser humano, y la mayor parte de las maldades y perturbaciones surgen porque no se tiene esa seguridad.

Libertad interior

Recorre su vida sin nostalgia, privilegiando lo que tiene hoy: la libertad interior, la experiencia y los afectos. Hija de un importante empresario vasco, a los 20 años escogió la militancia antifranquista en la cuarta internacional trotskista. En su exilio pasó por Barcelona, Vitoria, San Juan de Luz, París y Roma, donde vivió la invasión de Checoslovaquia y el Mayo del 68. Cuando regresó a España, con 24 años , fue enviada a Carabanchel durante tres meses, allí su feminismo obtuvo otros matices al conocer de cerca la vida de las prostitutas. En 1982 su padre fue secuestrado por ETA. En su novela Hijos del árbol milenario (Planeta), retrata la complejidad de la sociedad vasca que ella ha conocido.

Fuente: La vanguardia

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