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Agustín Pániker: “Una parte de mí está en la India”

Tiene vocación de antropólogo y está fascinado por el país de un abuelo al que no llegó a conocer, la India, al que ha viajado incontables veces.

 ELISENDA PONS

–¿Qué relación mantiene con la India?
–No conocí a mi abuelo indio, pero el apellido y el color de la piel marcan. De todos modos, el gran interés que siento por la India no llegó hasta que viajé allí, en 1980, cuando tenía 21 años. Era un viaje a los orígenes que mi padre nos había prometido.

–¿Qué le pareció ese país que descubrió?
–Me interesó tanto que vuelvo con frecuencia. Fui a Kerala a visitar a mis parientes de allí, y tengo dos hijos adoptados en el país. Al principio me costó, pero ahora considero a la India un poco mía.

–¿Habla alguna de las lenguas oficiales?
–Hablo inglés, que es lengua oficial allí, y estoy familiarizado con el sánscrito. El hindi es al sánscrito lo que las lenguas románicas al latín. ¡Piense que hay 105 lenguas oficiales! Si coges un billete de 10 rupias, está escrito en 14 alfabetos distintos. Es un mundo complejo y fascinante. Yo reivindico que es como un continente entero, con 1.100 millones de habitantes.

–¿Se siente en casa cuando viaja a la India?
–Sí y no. Allí me doy cuenta de que una parte de mí está en la India. Hay gestos de algunos indios que me recuerdan a mi padre.

–¿Qué es lo que más le sorprende de ese país?
–En la India, una novedad no elimina la anterior. Toda novedad se superpone a lo que ya había. Esa diversidad es fascinante. Tengo un amigo que es físico nuclear y cada mañana lleva a cabo su ritual religioso. Allí no hay nada incompatible. Esto a un occidental le deja descolocado, porque en Europa somos de blanco o negro.

–¿Cómo fue el reencuentro con sus parientes indios?
–Lo que más me impresionó fue ir a la casa de donde proceden todos los Pániker. Es una casa sencilla, en un lugar acuático, verde, tropical. Me presenté allí por las buenas y me encontré con el señor que vive actualmente en ella, también llamado Pániker. Me impresionó, y no me esperaba sentirme así. Pensé: es posible que haya una memoria genética, porque aquella casa me resultaba familiar.

–¿Existe la famosa espiritualidad india?
–Se vende mucho esta idea, pero no todos los indios están levitando y haciendo yoga. Lo primero que allí llama la atención es el caos que hay en la calle, el ruido, el materialismo, el regateo… Pero es cierto que el elemento religioso todavía es muy importante.

–¿Dónde se concentra?
–Está en todas partes. La espiritualidad en la India adopta las formas más sorprendentes. Es un poco a la carta: cada uno escoge lo que le interesa. Hay jainistas que se levantan a las cinco de la mañana, se duchan para purificarse y hacen su ritual ante unos objetos de veneración que son los libros de contabilidad. Su deber religioso es obtener provecho comercial.

–¿Su abuelo era una persona muy espiritual?
–¡Qué va! Era un bon vivant, un hombre de negocios. Nunca regresó a la India. A mi padre y a mi tío la espiritualidad les llegó a través de mi abuela, que era catalana.

–Rudyard Kipling escribió que Oriente y Occidente nunca se encontrarían.
–No estoy de acuerdo. Es más, ya lo han hecho. Le pondré un ejemplo gastronómico: cuando les digo a mis amigos indios que el picante característico de su cocina lo trajeron los portugueses de América, no me creen.

–¿Cuál es para usted el gran libro de la India?
–El Mahabharata. No es un libro, es toda una literatura. Es nueve veces La Ilíada y La Odisea juntas. Hay en él historias dentro de otras historias, hasta llegar a seis niveles. Es fascinante. Hay textos más profundos, como los Upanishads, pero el Mahabharata está más cerca de la gente. La serie televisiva de más éxito de la India, que empezó en 1985, recrea sus historias.

–¿Qué recomienda para visitar el país?
–No se conformen con ir de una ciudad a otra. Hay que ir a conocer la India rural. Un 75% de los habitantes de la India viven aún en zonas rurales. Te puedes perder en estados que son como países.

–¿Cómo son los indios?
–Extrovertidos y espontáneos. Son como los latinos de Asia, aunque el tema de las castas y la relación con las mujeres es complicado. De todos modos, un indio de clase media de Bombay tiene más en común con un europeo que con alguien que vive a solo unos kilómetros de él. En esto, la India ha cambiado mucho. Antes eran cuatro marajás y mil millones de desgraciados. Ahora ya hay 200 millones de personas que pertenecen a la clase media.

Fuente: El periodico