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Fidel Amat: “Me moría de dolor, y me puse a reír”

LA ENTREVISTA CON FIDEL AMAT, PSICÓLOGO

Imparte por toda España talleres sobre la fuerza de la risa, y él mismo se ha aplicado su propio remedio cuando ha estado a punto de morir.

PERE BATLLE

–Háblenos de la fuerza de la risa.
–A lo largo de mi vida he visto la muerte de cerca en dos ocasiones. La primera fue en Montgat, bajando las escaleras de una pequeña montaña. Todavía no sé como, pero perdí pie y acabé bajando parte de aquellos 120 escalones de golpe, cada vez más rápido, sin poder apoyarme en ningún sitio. Al tocar el suelo, salí disparado y pegué con la cabeza contra la pared. Ahí me quedé.

–¿Y resucitó?
–Casi. Había tres obreros que trabajaban por allí y que vinieron a auxiliarme, y mientras me ponían papel en la cabeza, porque sangraba por todos lados, oí que uno de ellos decía: “¡Hostia, qué palo se ha metido! Se ha dejado hasta un mechón de pelo pegado en la pared”. Yo tenía fractura de cráneo, pero se me ocurrió decirle: “No lo toques, que cuando salga del hospital lo agarraré y me lo volveré a poner”. Y todos empezamos a reír. Me estaba muriendo de dolor, y me puse a reír.

–Tiene mérito.
–Automáticamente, sentí una disminución del dolor. No solo del dolor de la cabeza, sino del de la mano, porque también me había roto la muñeca izquierda. Cuando llegué al hospital, el médico me dijo: “¡Tranquilo, que en la cabeza no tiene nada!”. Y le respondí. “¿Qué quiere decir, que estoy hueco?”. Y otra vez reí, y volvió a disminuir el dolor.

–Tuvo usted que dejar de practicar su gran pasión, el kendo.
–Sí, desde pequeño practicaba las artes marciales. Las cambié por la esgrima, porque te permite tener la mano izquierda en la espalda. Y después tuve mi segundo encuentro con la muerte. Sufrí un infarto, y quedé con medio corazón muerto. El lado izquierdo de mi corazón dejó de funcionar. Al principio me sentí muy mal, con la espada de Damocles encima, pero no podía deprimirme y experimentar emociones negativas, porque eso sería peor. La cardióloga me dijo que no podría practicar esgrima. Sin embargo, encontré la solución: ahora soy árbitro de esgrima, de la Federació Catalana. Y me siento muy feliz. Tengo 70 años, pero trato de ocupar mi tiempo para sentirme útil y positivo. Uno tiene que intentar que los demás se sientan felices.

–Usted imparte clases sobre la fuerza de la risa a cuidadores de enfermos de alzhéimer.
–Efectivamente. Les ofrecemos herramientas para que puedan afrontar el estrés que produce estar con estos enfermos, porque desgasta mucho. Mucha gente se confunde y se piensa que vamos a contarles chistes, y no es así. Simplemente explicamos cuál es el poder que ejerce la risa sobre el cuerpo humano, tanto desde el punto de vista psicológico como del físico.

–¿De dónde nace la idea?
–De Norman Cousins. Su caso es muy conocido. Le habían diagnosticado una enfermedad incurable y, cansado de la vida hospitalaria, empezó a leer tebeos y películas y a reír como un loco, hasta que se curó.

–¿Por qué la risa es un anestésico?
–Porque al reírnos nuestro encéfalo libera, entre otras neurohormonas, las endorfinas. Las endorfinas tienen el poder de calmar el dolor, y eliminan una neurohormona llamada cortisol, que es perjudicial, ya que se trata de la que nos produce los estados de ánimo depresivos.

–Sin embargo, para alguien que está con un enfermo de alzhéimer debe de ser difícil reírse.
–Exacto. Cuando empiezas el taller, te miran como si fueras un marciano y te preguntan: “Pero ¿cómo quiere que me ría, si mi padre, cuando le doy la comida, me escupe, me insulta y me quiere pegar?”. Es cierto. Es muy difícil. Pero siempre es posible tener una sonrisa en los labios. Los bebés sonríen más de 300 veces al día. Los adultos cada vez reímos menos, porque la sociedad nos hace asumir el papel de serios. Y el hecho de ser responsable no es incompatible ni con el sentido del humor ni con la risa.

–Siempre nos quedará la posibilidad de elegir cómo queremos vivir lo que nos sucede, sea lo que sea…
–Cuando llego a casa después de una dura jornada laboral y de padecer el desastre de Renfe, y mi mujer me dice: “Mira lo que ha hecho la perra esta vez”, lo primero que tengo ganas de hacer es de pegarle una patada a la perra o de armar un follón. Hay situaciones ante las que reaccionamos de una forma automática. Y no debería ser así. Ante la situación, más vale detenerse, pensar, y luego actuar. Si ante una realidad que te enerva, piensas, en vez de reaccionar automáticamente, encontrarás varias soluciones.

–¿También en una discusión?
–Sobre todo en una discusión. Uno discute, y esa discusión sigue una escalada que, por desgracia, puede acabar llevando a la violencia. Tú me disparas con una 22, y yo te respondo con una 45. Tú, con una ametralladora, y yo saco un obús. En estas situaciones recomiendo salir, pasear, pensar y, cuando vuelvas a casa, podrás reanudar la discusión en los niveles que realmente corresponden a un ser humano.

Fuente: El periodico